COVID-19: Salud, Economía y Ciencia Presentación

Organized by Área 9 and the Mexican alumni associations of MIT, Harvard, UCL, University of Cambridge, and Columbia University, Gabriela Ramos delivered a presentation on to discuss the role of international cooperation in the response and recovery efforts arising from COVID-19.

Gracias, Alejandro por haberme invitado a participar en este seminario, y también al Presidente Fernández. Me enorgullece enormemente estar aquí hoy como graduada de Harvard.

Además, me siento honrada de compartir esta experiencia con los demás distinguidos Presidentes de la Asociación de Alumnos en México.

El COVID-19 ha dado un vuelco a nuestras vidas en cuestión de semanas. En primer lugar, deseo dar las gracias a todos los trabajadores esenciales que están en la línea del frente (personal de enfermería, médicos y cuidadores) luchando contra la pandemia de COVID-19 y salvando vidas en México, en la región y en todo el mundo. Ponen en peligro sus propias vidas para salvar las nuestras.

Por lo tanto, debemos aprovechar esta oportunidad para replantearnos verdaderamente cómo recuperar el tan necesario respeto de la sociedad a quienes trabajan en el cuidado de los demás.

Con esta pandemia han quedado patentes una serie de vulnerabilidades de nuestras economías y sociedades, por ejemplo debilidades estructurales internas y una ausencia de mecanismos de resiliencia en los sistemas de salud y protección social, las relaciones comerciales o los sectores financieros, entre otros.

La difícil situación que estamos viviendo ha puesto de manifiesto nuestra escasa preparación para encarar este tipo de “crisis sistémicas” y evidenciado la gran interrelación que existe entre nuestras economías.

  • Nuestros sistemas de protección social y de salud se encuentran al límite de su capacidad. Estamos viendo que los gobiernos tienen que pagar los costos provocados por los fallos del mercado, financiando por ejemplo el desarrollo de vacunas y brindando atención médica a todo el mundo.

Sin duda la contención y el confinamiento están siendo esenciales para salvar vidas durante esta crisis de salud, pero han generado riesgos económicos graves.

  • La OCDE prevé un descenso del crecimiento anual del PIB de dos puntos porcentuales por cada mes de confinamiento.
  • Este impacto económico se siente mucho más severamente en México ya que su economía ya estaba en recesión desde el período anterior a la crisis. El año pasado, México creció solo un 0.1%. Luego con la pandemia de COVID-19, la volatilidad financiera y un número inaudito de salidas de capital están afectando a la depreciación de la moneda y al valor de los activos financieros. Así, se proyecta que su economía sufrirá una caída del 6.6% este año. Y este impacto está destruyendo los pilares clave de la economía mexicana, en particular, el comercio, el petróleo, las remesas y el turismo.
  • Como el mayor socio comercial de los EE. UU., México se ve afectado por los efectos indirectos del alto de la actividad en los EE. UU. Con China comenzando a reabrir su economía, el riesgo aumenta.
  • En la actualidad, un 70% del comercio internacional corresponde a la producción en cadenas mundiales de valor, donde se intercambian servicios, materias primas, piezas y componentes entre diferentes países antes de incorporarlos a productos finales. Esta realidad es especialmente visible en el caso de los productos electrónicos y de automoción. Por ejemplo, según el TiVA de la OCDE, la proporción del valor agregado extranjero en las exportaciones de productos electrónicos es de alrededor del 10% para los EE. UU., 25% para China y más del 50% para México. Este nivel de interrelación implica que cuando la demanda de un producto cae en un país concreto, puede tener un efecto prácticamente inmediato en los trabajadores de otras regiones que forman parte de esa cadena de suministro específica.
  • El colapso del precio mundial del petróleo sumergió el precio de exportación del petróleo de México en territorio negativo por primera vez en la historia.
  • Luego un golpe adicional al turismo, que genera el 17% del PIB de México.
    El equivalente a una pérdida de tres meses de desplazamientos mundiales en 2020 podría dar lugar a una ulterior reducción del empleo de entre un 12% y un 14%.
  • Y el problema más crítico que afecta a la población vulnerable es la fuerte caída proyectada de las remesas que representan más de un 3% del PIB de México, teniendo en cuenta que han sido fundamentales para sustentar el poder de compra de las familias de migrantes. (México contraerá más del 21% para 2020-2021 y solo se recuperará hasta dentro de 10 años. Esto se debe principalmente a que Estados Unidos —el país del que proceden la mayoría de remesas que llegan a México— se ha visto muy golpeado por la pandemia.)

Mientras aguardamos la reapertura de la economía mexicana, deberían tenerse más en cuenta aspectos estructurales que podrían satisfacer las verdaderas necesidades de la población.

Es importante reconocer que la crisis ha expuesto niveles inaceptables de desigualdad que afectan a nuestras sociedades.

Ya antes de la crisis, el 40% de la población con menor participación en la distribución de rentas llevaba décadas viéndose desmesuradamente afectada por las dificultades económicas.

  • En la OCDE, una de cada tres personas se encontraba en situación de “inseguridad financiera”, lo que significa que corrían mayor riesgo de caer en la pobreza tras tener que prescindir de sus ingresos durante tres meses. Y este es ya el tercer mes.

No todos los trabajadores se ven afectados por igual. La crisis de COVID-19 está impulsando a los empleadores a expandir las oportunidades de teletrabajo donde sea posible, posiblemente llevando a una mayor inversión en infraestructura de teletrabajo que podría traer algunos beneficios a largo plazo. Sin embargo, esto será de poca comodidad para aquellos que no pueden teletrabajar, ya sea porque están en la línea del frente y, por lo tanto, más expuestos a infecciones, o porque sus lugares de trabajo se han cerrado y sus trabajos pueden estar en riesgo.

  • Casi el 60% de los trabajadores mexicanos tienen trabajos informales: son amas de casa, vendedores, jornaleros, trabajadores domésticos (en su mayoría mujeres y trabajadores migrantes) y propietarios de pequeñas empresas sin protección social adecuada.

Además, debemos mencionar el impacto desproporcionado de esta crisis en las mujeres. A nivel mundial, las mujeres representan casi el 70% de la fuerza laboral en este sector, la mitad de los médicos y el 95% de los trabajadores de atención a largo plazo, exponiéndolos a un mayor riesgo de infección. Al mismo tiempo, las mujeres también llevan gran parte de la carga sobre el hogar y el cuidado de los niños, dado el cierre de las escuelas. Las mujeres también enfrentan altos riesgos de perder sus empleos e ingresos (muchas de ellas en empleos informales), y enfrentan mayores riesgos de violencia durante el confinamiento, la explotación o el abuso en tiempos de crisis y cuarentena.

 Los jóvenes también corren un enorme riesgo de resultar perjudicados. Sus perspectivas laborales y su aprendizaje están en juego, al igual que ocurrió tras la crisis económica de 2008.

  • En la actualidad, aunque algunos países están comenzando a reabrir los centros educativos, la pandemia de COVID-19 sigue afectando al aprendizaje de 1300 millones de alumnos en 186 países, más de un 72% de la población mundial estudiantil (en el momento de máxima incidencia llegó a afectar a más de un 90%). Esta es una situación inédita en la historia de la educación. Pese a la reapertura de los centros escolares en algunos países, no se ha acabado con el problema.
  • Esta situación trae consigo graves consecuencias y debemos plantearnos cómo compensar el tiempo perdido y sus posibles efectos en el aprendizaje. La disminución de oportunidades en materia de educación tendrá graves consecuencias para los jóvenes, un segmento demográfico en el que se integran 64 millones de desempleados de todo el mundo y 145 millones de trabajadores que ya vivían en la pobreza antes de esta crisis. Tras la crisis económica de 2008, se destruyó prácticamente uno de cada diez puestos de trabajo ocupados por menores de 30 años. Uno de cada diez jóvenes (de entre 15 y 24 años) ni trabaja, ni estudia ni está en capacitación.
  • Además, nos consta que los alumnos de los grupos más desfavorecidos serán los más perjudicados por la interrupción de las clases, ya que después de las vacaciones de verano pueden tardar hasta seis semanas en lograr la preparación física y mental necesaria para aplicarse en los estudios.
  • Por otra parte, la desigualdad en el acceso al aprendizaje virtual y los medios necesarios para realizarlo puede ampliar las brechas educativas. En la OCDE, solo un 78% de los alumnos de condición socioeconómica más baja tiene acceso a internet (en México la situación es aún peor, ya que solo tiene acceso un 29% de los estudiantes de entornos desfavorecidos). En México, donde solo un 7% de los adolescentes puede estudiar a distancia desde casa, esta situación es más grave. Los esfuerzos de recuperación económica también deberían tener en cuenta estos aspectos y facilitar acceso gratuito a la capacitación en línea o a computadores que les permitan conectarse.

Por lo tanto, la dinámica que generan las actuales crisis económicas se encuentra profundamente arraigada en la estructura de nuestras economías. Para dar máxima prioridad a la mejora del bienestar, reducir la desigualdad y conseguir sostenibilidad y resiliencia, se necesitará algo más que un ligero ajuste de las actuales políticas económicas.

Después del COVID no volveremos a “la normalidad”, sino a una “nueva normalidad” que podría ser mucho más resiliente. Necesitamos un sistema que pueda encajar futuros golpes y adaptarse.

En primer lugar, debemos entender que tendremos que convivir con el virus durante un tiempo tras el desconfinamiento inicial, hasta que se consiga una vacuna. Por lo tanto, será esencial invertir en iniciativas de I+D para acelerar el desarrollo de sistemas de diagnóstico, tratamientos y vacunas.

  • Debemos velar por que el diagnóstico y tratamiento de esta enfermedad sean asequibles para todo el mundo, en especial para los más vulnerables. Aunque México ha incrementado considerablemente la cobertura médica, que ha pasado de tan solo un 48.3% de la población en 2002 a un 89.3% actualmente, esta crisis constituye un importante recordatorio de que la cobertura universal resulta crucial para proteger a la población más vulnerable y evitar un gasto en salud que podría ser catastrófico.
  • Debemos reforzar y optimizar la capacidad del sistema de salud para responder ante un rápido repunte de los casos.
  • En general, la capacidad de los sistemas de salud en los países de América Latina y el Caribe es inferior al promedio de la OCDE.
  • En el caso de México:
    • el gasto en salud es menor (5.5% del PIB (8.8% promedio de la OCDE), entre los más bajos de la OCDE);
    • hay menos camas de hospital (México cuenta con menos de 2.5 camas por cada 1000 habitantes, frente al promedio de la OCDE, que es 4.7 —el promedio de América Latina y el Caribe es 2.2—);
    • existe un menor número de profesionales médicos (2.4 médicos (promedio de la OCDE 3.4) por cada 1000 habitantes, 2.9 enfermeras (promedio de la OCDE 7.3) por cada 1000 habitantes. México es uno de los países de la OCDE que presenta unas cifras más bajas en ambos indicadores.)
  • Es probable que esto suponga una innovación social, con el despliegue de profesionales jubilados o aspirantes a profesionales del sector médico, el uso de espacios alternativos para alojar a los pacientes y la creación de alianzas público-privadas para atender las necesidades de equipos médicos.
  • También debemos integrar y recurrir al uso de soluciones digitales y datos para mejorar las pruebas, el seguimiento y el tratamiento de esta patología, habida cuenta de la superior tasa de mortalidad del COVID en México [9.9%] frente al promedio mundial [6.8%].

El desconfinamiento brinda además a los gobiernos la oportunidad de contratar a quienes pierdan su trabajo. Los contratos laborales de corta duración pueden contribuir a la protección del empleo y ayudar a empresas en dificultades.

Ya estamos observando empresas multinacionales que, a través del programa Business for Inclusive Growth (B4IG), se unen para recolocar a trabajadores despedidos en otras empresas, con el fin de reducir las tensiones en el mercado de trabajo. Pero también necesitamos que los gobiernos ayuden a trabajadores y empresas a salir más reforzados de esta crisis, mediante el financiamiento de cursos de capacitación en línea.

En tercer lugar, los problemas de las cadenas internacionales de suministro pueden llevar a algunos países a reducir su dependencia de las cadenas mundiales de valor o dar marcha atrás en sus procesos de globalización. Adoptaremos las medidas necesarias para garantizar, en línea con las recomendaciones de la OMS, que esto no restrinja la entrega de bienes y servicios esenciales a las personas que más lo necesitan (actualmente más de 60 países de todo el mundo han restringido las exportaciones de productos básicos y también de productos agrícolas y alimentarios).

Asimismo, somos conscientes del elevado nivel de participación en estas cadenas de desarrollo que tienen las economías de mercados en desarrollo y emergentes, al ser su sistema de protección laboral y social en caso de despido más laxo. Por lo tanto, esta crisis nos ha recordado también la importancia que reviste integrar procesos de debida diligencia en la gestión de las cadenas de suministro.

En cuarto lugar, tendremos que adaptar los sistemas de protección social para incrementar su resiliencia y equidad, de manera que contemplen a los trabajadores informales (un 60% de la fuerza de trabajo de México está compuesta por trabajadores informales, que representan un 30% del PIB nacional. Un 38% de la fuerza de trabajo total del país carece de acceso a cualquier tipo de protección social). No solo será necesario mantener las ayuda económicas de emergencia destinadas a trabajadores atípicos que no cuentan con una protección social suficiente, sino que tendremos que ampliar los regímenes de seguridad social para incluir a los trabajadores de la economía informal y mejorar tanto el acceso a los servicios públicos como la calidad de estos.

Las medidas de asistencia social en forma de ayudas económicas por hijos, prestaciones por maternidad y pensiones sociales pueden paliar en cierta medida las desigualdades de género existentes en el mercado laboral.

Asimismo, aunque es positivo que el Gobierno haya puesto en marcha algunos programas de crédito (para el sector formal e informal), destinados a mejorar las condiciones del sector público y privado para invertir en actividades productivas, si se quiere aliviar la carga que supone el endeudamiento, serán necesarias medidas más contundentes –que trasciendan el actual talante de austeridad– (por ejemplo un moratoria en el pago de los préstamos). De esta manera las empresas tendrán mayor margen fiscal para proseguir con su actividad. Debería hacerse especial hincapié en respaldar a empresas que fueran viables antes de la pandemia de COVID-19 (a saber, las de los sectores automotriz y turístico), para que sobrevivan a la crisis y actúen como “motor de creación de empleo” cuando la situación se normalice.

El mundo posterior al COVID ofrece también grandes oportunidades. Se presentan amplias posibilidades para que gobiernos, empresas, escuelas, centros médicos y personas individuales aprovechen las nuevas tecnologías y los nuevos métodos de trabajo para adaptarse a la crisis.

  • De hecho, la pandemia actual ha puesto de manifiesto el valor de las capacidades emprendedoras y el espíritu de innovación de muchas pymes, así como la importancia del ecosistema en el que operan. Pese a que muchas se encuentran entre la espada y la pared Sabemos que más del 50% de las encuestadas en los países de la OCDE ya han perdido una importante cantidad de ingresos y corren el riesgo de tener que cerrar sus negocios de manera inminente. Si tenemos en cuenta lo mucho que las economías de América Latina y el Caribe dependen de las mipymes —constituyen un 99% del conjunto de empresas de esta región y generan más de la mitad de los puestos de trabajo—, los pronósticos son aún menos halagüeños), siguen siendo nuestra inspiración.
  • Muchas pymes están experimentando con métodos de producción y venta innovadores, aprovechando generalmente las posibilidades que ofrece la digitalización (por ejemplo, se han puesto en marcha iniciativas de financiamiento colectivo por y para pymes; las empresas fintech están inventando nuevos métodos de financiamiento —como ha hecho una conocida empresa de reciente creación de México, Konfío— de las 400 fintechs de México, un tercio se dedica al financiamiento colectivo, los préstamos y la banca digital; las pymes y empresas de reciente creación están buscando soluciones para desarrollar vacunas, producir equipos de protección personal o diseñar métodos de trabajo compatibles con el confinamiento. En este contexto, la concesión de ayudas económicas que animen a pymes y empresas de reciente creación a innovar en el ámbito de las tecnologías y los productos relacionados con la prevención y control de pandemias también servirá para hacer frente a la actual crisis de salud.
  • El uso de la inteligencia artificial, no limitado a las pymes, resultará clave para que el sector médico y educativo alcancen sus objetivos en el mundo que vendrá tras esta crisis.

Y por último, aunque no por ello menos importante, los objetivos en materia de clima y medio ambiente constituirán una parte fundamental de las estrategias de recuperación económica. Esta labor abarca la creación de puestos de trabajo y negocios no perjudiciales para el medio ambiente, centrados en la economía circular, para acelerar la transición al consumo de energías no contaminantes con medidas que puedan implementarse a corto plazo. La concentración en resultados de salud ambientales fortalecerá la resiliencia en el ámbito local y contribuirá a que estemos mejor preparados para futuras crisis.

La pandemia de COVID-19 está poniendo a prueba nuestra capacidad colectiva para proteger y garantizar el bienestar de la población mundial. Debemos velar por que esta nueva normalidad sea más sostenible y más incluyente. Se nos presenta la oportunidad de cambiar la narrativa de crecimiento y convertir a las personas en el eje central, garantizándoles una mayor protección y empoderamiento. Aprovechemos esta oportunidad para avanzar hacia un futuro mejor.

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